Sentada en mi sillón, observo una película en la tele. Los copos de nieve, caen sobre los protagonistas que, para evitar el frío, se dan un cálido beso.
Miro a fuera por la ventana...ni una gota de lluvia y mucho menos nieve. Sigo observando la tele. No se muy bien de que va la película pero oigo la frase "en Navidad tus sueños podrían hacerse realidad", así que supongo que tratará sobre la Navidad, como el resto de películas que ponen por estas fechas.
Voy a hurtadillas hasta la despensa y cojo un poco de la tableta de chocolate la cual, mi madre prohibió incluso mirar.
Cuando vuelvo, después de darme una vuelta por toda mi casa, es decir, cocina, ordenador, baño...veo que ha comenzado otra película. Se titula "La mágica Navidad" y yo me pregunto a mi misma "¿En serio?".
Nieve de nuevo...moriría por tocar un poco de esa esponjosa nieve recién caída. Mis ojos se van cerrando poco a poco, debido a la fluidez y frescura de la película (lo digo irónicamente, claro). Sueño...no se que sueño, en realidad, pero lejos de el, en la realidad, oigo unas campanillas que me despiertan poco a poco. ¿Papa Noel? Jaja, "eres demasiado mayorcita, Laura". Me asomo a la ventana y para mi sorpresa, veo a un hombre en medio de la carretera. "Debo estar soñando", pensé. Baje las escaleras hasta el primer piso y abrí la puerta. "Feliz Navidad, niña" me dijo, a lo que respondí "para usted también, señor". Se acercó a mi y sin previo aviso me abrazó y luego sacó de dentro de su gabardina una bolsa de tela. "Ábrela" dijo amablemente y yo, la abrí. Cuando metí lentamente mi mano allí, noté con la punta de los dedos algo húmedo y suave. "¡Nieve!" grité y el señor sonrió. Saqué un puñado y lo lancé al aire y esta vez yo, abracé a aquel hombre tan gentil.
Derrepente, comenzaron a caer copos de nieve y las gentes del pueblo comenzaban a amontonarse en las ventanas de sus casas, viendo sorprendidos aquel extraño suceso. Un niño salió a la calle y como es normal la tocó. Rió en alto y acto seguido también reí yo. Los demás niños comenzaron a bajar a la calle y a jugar a tirarse bolas de nieve, mientras a todos los demás nos inundaba una gran felicidad.
"Muchas gracias" le dije al extraño hombre y guiñándome un ojo me contesto "De nada" y se fue, haciendo tintinear con los dedos, unas monedas que llevaba en el bolsillo.
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