Una vela titilaba en un candelabro sobre una mesa. La habitación estaba completamente oscura, excepto por esa mínima luz. Las numerosas ventanas estaban cerradas con las cortinas de terciopelo rojo sobre ellas. Varios cuadros colgaban de las paredes pero el más llamativo era el de marco dorado que descansaba sobre la pared izquierda. Representaba una fiesta, en la que una gran orquesta tocaba para los bailarines.
-¿Por qué tenemos que esperar aquí, Alessandro?- Preguntó una joven, mientras se atusaba un vestido típico del Barroco.
-Sus padres así lo pidieron señorita- Contestó el otro joven, vestido con el atuendo de sirviente.
Se oyeron pasos por el pasillo y en menos de un minuto entró en la habitación una joven con el pelo rizado, alta y delgada, de tez blanquecina.
-Ya vienen, Viola-Dijo apresuradamente, mientras le entregaba a la otra muchacha una especie de violín.
-¿Para que es ésto?- Preguntó y en ese instante sus padres llegaron a la estancia. La joven se levantó dejando el violín en manos del joven sirviente-¿Qué ocurre padre?
-Shhh. Calla pequeña. Malos augurios se reservan hoy para nuestra familia- Sentenció e instó a todos a que tomaran asiento- ¿Veis ese lienzo?-Dijo señalando al cuadro de la fiesta- La orquesta que esta pintada ahí, es la orquesta original, la primera que se creó en este pueblo. Todas las familias fundadoras y entre ellas la nuestra, formaban parte de ella. Todo marchaba perfectamente, hasta que la familia Arcovendi-Y señaló los músicos a los que se refería- quiso quedarse con la dirección de esta. Debido a eso y otros enfrentamientos, las familias fundadoras decidieron echarles de la agrupación y prohibirles que tocaran sus instrumentos dentro de este pueblo.
-A partir de ese momento todo fue como la seda, pero hace un par de meses, como sabéis, han empezado a ocurrir asesinatos-Continuo la madre- Los descendientes de aquellos que condenaron a los Arcovendi comenzaron a aparecer muertos, en extrañas circunstancias... Por ello, la mejor opción es marcharnos. Podemos ocupar la casa de Venecia de tu primo Stratto- Dijo a su marido.
-Si será lo mejor... Ahora bien, muchachos, escuchadme, os voy a dar la dirección de esa casa y saldréis los tres juntos para allá. Coged provisiones y los instrumentos, nos veremos en cuatro días allí.
El hombre empezó a explicarles a los tres jóvenes como llegar y las rutas que deberían tomar, mientras la mujer, que nunca se había dejado amedrentar por trabajos de hombres, preparó un carruaje para los muchachos. Al poco rato apareció en la sala donde estaba su marido y se llevó a las dos chicas. Les puso una capa gruesa sobre los hombros y las condujo a la escalera principal. A los pies de ésta esperaba, el joven sirviente. Viola bajó despacio, pues el peso de la enorme capa la hacía tambalearse, o al menos eso se decía a si misma, pero lo cierto es que las piernas le temblaban.
Al llegar al último escalón el joven le tendió caballerosamente una mano y la ayudó a caminar. Cuando todos estuvieron en el recibidor, el señor Vinacelli dio las últimas instrucciones y partió junto con su mujer. Los tres jóvenes se dirigieron hacia el carruaje. Las dos chicas subieron dentro y el muchacho agitó las riendas y comenzaron a moverse.
Siguieron desde la salida del sol hasta bien entrada la tarde, por el primer sendero que les había indicado Mario Vinacelli. Viola y Carla, hambrientas hicieron parar a Alessandro.
Se sentaron a un lado del camino y comenzaron a devorar con ansias unas frutas que la señora Vinacelli había guardado en una cestita.
-¿Cómo está?-Preguntó el sirviente, sentándose al lado de Viola, cuando Carla decidió ir a dar un paseo
-Bastante nerviosa- Respondió ella intentado sonreír.
-No se preocupe todo se solucionará, llegaremos a Venecia y viviréis tan cómodamente como aquí-
-No me preocupa la comodidad... Lo que en estos momento me inunda es una sensación extraña. Todo está demasiado quieto, no hay gente en el camino, a pesar de ser uno muy transitado- Respondió pensativa
El joven, que también pensaba los mismo que ella, no supo que contestar así que guardó silencio y acarició el pelo de la joven, cuando ésta apoyó la cabeza contra su pecho. Notó que el cuerpo que tenía rodeado comenzaba a moverse sutilmente y se percató de que sollozaba.

-Viola, por favor, no os desesperéis- Dijo restañando las lágrimas que bajaban por sus mejillas. Tenía tan cerca su rostro, que podía ver como se amontonaban las gotitas saladas en sus pestañas, sus rosados pómulos y sus labios perfectos, entreabiertos. Unas irrefrenables ganas de calmar sus sollozos con un beso le invadió. Ella le miraba, expectante. Seguramente tenía cara de imbécil, pero no le importaba.
Sus rostros se acercaron aún más y Viola cerró los ojos, en señal de rendición, quería que le besara, siempre se había imaginado besando a aquel sirviente tan hermoso que había llegado a su casa años atrás, pero nunca pensó que lo que sentía fuera tan fuerte, nunca había estado tan viva. Notó como Alessandro jugaba con su cabello y su corazón latía más aprisa que antes.
-!Ahhhhhhh¡- Oyeron a lo lejos un grito que les sacó de su ensimismamiento.
-!Carla¡- gritaron a la vez y salieron corriendo.