De repente se convirtió en algo enfermizo: Esperar cada mañana oír su voz a través de mi ventana; escuchar los acordes, a veces confusos, de su guitarra resonar en mi habitación.
No sabía quien era el misterioso cantante, pero el solo hecho de que compartiese conmigo el amor por la música, que dedicara unas horas de su vida a rasgar las cuerdas de una guitarra, me hacía fantasear con como sería; si le gustaban los días de lluvia, o preferiría Metallica a Go West.
Solía cantar a la hora de la comida, mientras yo cocinaba. Embelesada, apoyaba mis codos en el alfeizar de la ventana y sosteniendo mi cara entre las manos, escuchaba atenta al repertorio diario: Sobretodo grupos de los ochenta, en inglés, y algunas canciones de Ed Sheeran.
Si al menos alguna vez me cruzara con esa voz, en el rellano o en el ascensor, si alguna vez supiera quien es, solo podría pedirle un par de acordes para componerle una canción.
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