Se sentó en aquel banco. Estaba viejo y desconchado, lleno de pintadas y nombres. Un gran árbol se alzaba detrás. De hoja siempre verde, se erguía como protegiendo desde la retaguardia al simple banco marrón. Una ligera brisa de principios de verano movió sus hojas y agitó la cabellera negra de la muchacha.
Observaba la calle: Llena de coches aparcados en las dos aceras; bares con su respectivas pizarritas de oferta; una puerta de metal roja...y su mirada se detuvo en una librería, su tienda favorita. Aquella era su santuario. Entraba para mirar los libros, olerlos, sacarlos de su estante, leer la contraportada.
Siguió sentada allí, con los ojos abiertos sin mirar, tocando la madera desgastada del asiento, viendo pasar numerosos estudiantes.
No había vuelto a ese lugar desde entonces. Como no sabía lo que podría pasar, se guardó dos cartones de jugo de naranja en el bolso...solo por si la soledad quería visitarla esta vez.